Son días de incertidumbre. Las emociones van y vienen, permanecen, se transitan, nos habitan.


Para algunas familias está siendo difícil, mientras que para otras está siendo una oportunidad. Los ritmos del cotidiano son diversos y se vuelven a transformar, quizás, día tras día. Por mucha rutina que nos marquemos, por muchas tareas que queramos hacer a lo largo del día, por mucho que el ser humano quiera controlar el hacer, se comienza, en esta tercera semana de confinamiento, una sensación de vacío, de recibir menos mensajes, menos propuestas, y donde la naturaleza comienza a resurgir: delfines en los canales de Venecia, nidos de pájaros en los espejos de los coches, donde los sonidos de los pájaros habitan la ciudad donde vivo, Barcelona. Un sonido que antes era tapado por los ruidos y lo mundano del ser humano. Quizás es el momento de soltar. ¿El qué? No lo sé, ... Soltar el control, las rutinas, las tareas, o lo que Claudio Naranjo llamaba el ego del ser humano, y de la humanidad. Quizás comienza a ser un momento de ver resurgir el canto de los pájaros en nuestro interior, que nuestro corazón comience a mirar el mundo con otros ojos que no sea el ‘yo’, y que podamos mirar el ‘nosotros’. Algunas familias están perdiendo a sus seres queridos, y. nii tan siquiera se pueden despedir de una manera digna de ellos. Por ahora. Mientras algunos estamos confinados en las cuatro paredes, cada uno con sus males menores, fuera, se están yendo los que nos dieron la vida. Y tal y como dice Boris Cyrulnik: ‘Si uno se echa a andar demasiado pronto después de una colisión, la fractura se agrava; si se tienen demasiadas prisas para hablar del choque, se mantiene el desgarro. Sin embargo, un día no habrá más remedio que dejar de vivir con la muerte, y será preciso, para recuperar un poco de felicidad, que nos libremos de ese pasado magullado. Entonces actuamos, nos comprometemos, hablamos de otra cosa, escribimos una historia en tercera persona para expresarnos con un poco de perspectiva, la perspectiva que nos permite dominar la emoción y recuperar la posesión de nuestro mundo íntimo’. Lo que transmite el trauma es la forma en la que se habla de él. No el hecho traumático en sí mismo. Boris Cyrulnik nos enseñó que no es tanto el hecho traumático, sino la narrativa que se genera alrededor de ese hecho traumático y el apoyo del contexto que lo rodea. ‘Sólo se transmite el trauma cuando la situación familiar o el contexto cultural construyen prisiones afectivas en las que el padre herido, a sólas con su hijo, transmite directamente su sufrimiento’. Son momentos de llevar a cabo lo que Boris Cyrulnik llama la resiliencia. La película de ‘La vida es bella’ es todo un acto de resiliencia, donde en situaciones difíciles un padre tuvo la capacidad de envolver a un niño en un mundo imaginario y a la vez real de cómo vivió la guerra, y que, gracias a ello, tuvo la capacidad de desarrollar recursos para transitarla. Os invito a que nuestros hijos puedan vivir estos momentos como oportunidades para restaurar nuestras relaciones vinculares, para bajar el ritmo, soltar nuestras exigencias, e invitarnos a una metamorfosis que transforme el desgarro en fuerza vital. En cada una de las etapas de su desarrollo, el niño cambia su forma de percibir el mundo, y con cada frase que pronuncia cambia el mundo que percibe. Por favor, cuidemos las frases, el tono, y la manera en la que hablamos en estos momentos a nuestros hijos. Cuidemos sus espacios vitales: su movimiento libre y espontáneo, su juego simbólico, su necesidad de repetición constante, sus expresiones artísticas, mediante el dibujo, construcciones, plastilina o cualquier simple material donde ellos le dan vida propia. La repetición en sus juegos, en estos momentos, es importante. Dejémoslo que repitan, repitan' repitan... De esta manera se pueden reasegurar, transitar la incertidumbre que en estos momentos el mundo entero habita. Todos estos espacios son alimento para sus almas, que les ayudarán a transitar mucho mejor. Dediquemos un tiempo a aprender a amar-los nuevamente.

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